Storytelling para compartir conocimiento Parte 2

03/10/2017

La Nana de Emma tiene conocimiento valioso y lo sabe gestionar cuando llega el momento en que lo necesita para resolver un problema. Emma, sin embargo, no tiene conocimiento valioso, no lo puede gestionar y pone en peligro su vida. Si extrapolamos esta historia a una empresa, las preguntas que surgen son evidentes: ¿Qué conocimiento es importante en tu empresa? ¿Quién lo tiene? ¿Qué conocimiento necesitan los empleados para no “ahogarse”? ¿Qué conocimiento tienen otros que pueda “salvarles”? ¿Cómo lo transferimos? ¿Sabes qué conocimiento es imprescindible “retener” aunque las personas abandonen la organización?

Nuestro cerebro no está organizado en base a datos o números ni pensamos mediante teorías, fórmulas, definiciones o conceptos, sino que la mente es un repositorio de experiencias, casos, planes, objetivos, fracasos, etc. que son los ingredientes de una historia. Si te pido que recuerdes los momentos más importantes de tu vida, es seguro que pensarás en distintas situaciones y personas (nacimiento de un hijo, boda, fallecimiento de un ser querido, el ataque a las torres gemelas de septiembre de 2001, el terremoto de 2010, etc.) y al recordarlo, lo que estarás evocando serán una serie de historias. Entendemos y nos explicamos el mundo a través de historias y nos pasamos todo el día contando historias y escuchando historias sin darnos cuenta, no tienen más que fijarse. En su libro “La Bendita Manía de Contar”, el premio nobel de literatura Gabriel García Márquez afirma “estoy convencido de que el mundo se divide entre los que saben contar historias y los que no”. El pasado y los hechos más importantes de tu vida los recuerdas como historias y si imaginas tu vida hacia el futuro, también lo haces en formato de historia. Las historias son lo que les contamos a los niños cuando queremos que se duerman y cuando nosotros dormimos, soñamos en forma de historias. Pero no sólo piensas en forma de historias: tus miedos y esperanzas tienen forma de historias, tu imaginación se expresa en forma de historias, los planes que haces son historias igual que los amores, odios, etc. Cada uno de nosotros somos una historia, nuestra vida es una historia, nosotros somos los personajes principales de nuestra historia e interactuamos con otros personajes, desempeñamos roles, vivimos situaciones, tomamos decisiones, aprendemos de nuestra experiencia y de las experiencias de otros a través de conversaciones, a través de interacciones. Tiempo atrás hice un experimento y pedí a varias personas que me nombrasen algo concreto que habían aprendido en la última semana. Prácticamente todos me contaron alguna historia. No estoy descubriendo nada nuevo, las historias son ancestrales. Hace 10 mil años no existía PowerPoint, lo que había era experiencia directa y las historias fueron la forma en que la humanidad transmitió el conocimiento antes que se creara el lenguaje escrito. Las pinturas descubiertas en las cuevas que habitaban nuestros antepasados primitivos muestran claramente sus intenciones de dejar huella de sus vidas mediante historias “pintadas”. Sin saberlo estaban sentando las bases de lo que luego sería el comic.

Las historias mueven porque conmueven. Ante una buena historia bien contada (sea esta verdadera o inventada), las personas son capaces de llorar, angustiarse, tener pesadillas, reír, encariñarse con los personajes y la situación, obsesionarse, sufrir… Una cualidad importante de las historias es que te provocan ganas de escucharlas y además se recuerdan mejor que cualquier otro formato. Las historias se caracterizan por su facilidad para explicar cosas inexplicables (mediante ejemplos) y para hacer entender elementos complejos como la Gestión del Conocimiento. Por si fuera poco, las historias disparan la imaginación porque no sólo te permiten (al igual que los libros) recrear tu propio mundo, sino que además no te dejan indiferente, te “obligan” a pensar. Las historias inspiran porque se dirigen a las emociones y no sólo a lo racional, hablan al estómago (cerebro creativo-emocional) mientras la información habla únicamente a la cabeza (cerebro racional). Las historias tienen incluso el poder de cambiar el comportamiento de las personas. El impacto que tuvo una historia como la Biblia en el devenir de la humanidad es incontestable. Las historias se sienten e inspiran porque te llevan a hacerte preguntas en esta época donde la educación sigue insistiendo en las respuestas (forzándonos a memorizar ingentes cantidades de teorías y conceptos inútiles que pronto olvidamos).